Por Doris Hubbard-Castillo
dehubbard.castillo@gmail.com
Los niños y niñas, y los adolescentes, los jóvenes de la especie, ¿podríamos decir nuestros cachorros?, son las primeras víctimas de todos los males de la sociedad: la pobreza y sus secuelas; la violencia doméstica; la injusticia; las guerras; las enfermedades; la deshonestidad; la corrupción; el tráfico ilegal de todo cuanto se le ocurra a los degenerados traficar: seres humanos, órganos, drogas. Y pese a todos los llamados de advertencia e incluso denuncias de organizaciones no gubernamentales, de organismos de las Naciones Unidas, de personalidades mundiales que utilizan el poder que les da la popularidad adquirida por lo que hacen -cantantes, escritores, actores o actrices y demás- para señalar al mundo el peligro en el que están nuestras niñas, niños y adolescentes, cada día esos peligros aumentan, sin que parezca que existe el suficiente compromiso de la sociedad y los gobiernos para detenerlos. Desde hace 18 años existe la Convención de los Derechos del (los) Niño (s), yo agrego las ‘s’ y a las niñas y adolescentes, un documento repleto de lo que es el ideal sobre lo que debe regir en cada rincón del mundo para proteger a los seres humanos más indefensos, que a la vez son el futuro de la especie, y quienes necesitan ser, además de protegidos, beneficiarios de una alimentación adecuada; de un sistema de salud estructurado de acuerdo a sus necesidades, con suficientes centros médicos, camas, medicamentos, servidores de la salud con vocación; de un sistema educativo eficiente, moderno, competitivo, con muchas escuelas, cuadernos, libros, educadores comprometidos con su responsabilidad; de viviendas dignas; de un mercado laboral justo, en el que sus padres y madres reciban una remuneración que sea la suficiente y necesaria para llevar a sus familias el sustento, para que no exista la excusa de la pobreza para que un niño, niña o adolescente deba cambiar sus libros por herramientas de trabajo. ¿Pero qué será lo que nos hace falta para lograr que en efecto los propósitos de la mayoría se impongan sobre los malos propósitos de una minoría que asesina niños (as) y adolescentes, los prostituye, los mete en las drogas, como traficantes y consumidores, en fin, les hace víctimas de la violencia en todas sus categorías? Y encima, la pobreza, que los hace víctimas fáciles. ¿No están los gobiernos, y las sociedades, lo suficientemente comprometidos con lograr una justa distribución de los recursos?, pues mientras en un país como Panamá se habla de un índice de crecimiento muy elevado, los sectores pobres del país no están recibiendo los efectos positivos de esa bonanza. Situación que no es exclusiva de Panamá ni de los países latinoamericanos, porque en todo el mundo hay pobres, los dejados atrás por el progreso. Según una nota del Fondo de Naciones Unidas para la Infancia (UNICEF), con motivo del aniversario de la Convención de los Derechos del Niño (20 de noviembre de 1989): “La Convención ... Establece las bases para una nueva vida para todos los niños y niñas, y es el acuerdo sobre derechos humanos que ha logrado el mayor nivel de ratificación en el mundo. Los derechos que describe incluyen el derecho a la supervivencia, el derecho a ser protegido de influencias lesivas, del abuso y de la explotación, y el derecho a participar plenamente en la vida familiar, cultural y social”. Además dice la nota que: “La Convención se ha convertido en una medida universalmente aceptada de responsabilidad mundial respecto a la infancia, y en un instrumento eficaz para promover condiciones y circunstancias favorables a la supervivencia y el desarrollo de niños y niñas”. No niego que estos postulados son considerados por los gobiernos de muchos países, los cuales en su afán por honrarlos tratan de propiciar las condiciones para cumplir con el documento que ratificaron, pero definitivamente falta, y mucho. Se debe hacer una evaluación en cada país de lo que no se ha hecho, pero una evaluación los más rápida posible, para poner manos a la obra, pues de nada nos sirve echarnos flores sobre los logros, cuando al remitirnos a los resultados, estos nos indican que lo hecho NO HA SIDO suficiente. Para finalizar, un poco sobre las estadísticas. Según la evaluación hecha por la UNICEF por los 18 años de la Convención, no refrendada por Estados Unidos y Somalia, pese a los “desarrollos positivos” logrados en este largo periodo “en la actualidad, cerca de 27,000 menores de 5 años mueren cada día, la mayoría por enfermedades que pueden prevenirse; cada 3.6 segundos una persona muere de malnutrición, en la mayoría de los casos un niño o niña menor de 5 años. Además, el paludismo mata a un niño o niña en alguna parte del mundo cada 30 segundos; más de 15 millones de niños y niñas han perdido a su madre o a ambos padres debido al SIDA, más de dos millones de niños y niñas vivían con VIH o SIDA en 2006, pero sólo un 15% de quienes necesitan tratamiento antirretroviral lo están recibiendo”.
dehubbard.castillo@gmail.com
Los niños y niñas, y los adolescentes, los jóvenes de la especie, ¿podríamos decir nuestros cachorros?, son las primeras víctimas de todos los males de la sociedad: la pobreza y sus secuelas; la violencia doméstica; la injusticia; las guerras; las enfermedades; la deshonestidad; la corrupción; el tráfico ilegal de todo cuanto se le ocurra a los degenerados traficar: seres humanos, órganos, drogas. Y pese a todos los llamados de advertencia e incluso denuncias de organizaciones no gubernamentales, de organismos de las Naciones Unidas, de personalidades mundiales que utilizan el poder que les da la popularidad adquirida por lo que hacen -cantantes, escritores, actores o actrices y demás- para señalar al mundo el peligro en el que están nuestras niñas, niños y adolescentes, cada día esos peligros aumentan, sin que parezca que existe el suficiente compromiso de la sociedad y los gobiernos para detenerlos. Desde hace 18 años existe la Convención de los Derechos del (los) Niño (s), yo agrego las ‘s’ y a las niñas y adolescentes, un documento repleto de lo que es el ideal sobre lo que debe regir en cada rincón del mundo para proteger a los seres humanos más indefensos, que a la vez son el futuro de la especie, y quienes necesitan ser, además de protegidos, beneficiarios de una alimentación adecuada; de un sistema de salud estructurado de acuerdo a sus necesidades, con suficientes centros médicos, camas, medicamentos, servidores de la salud con vocación; de un sistema educativo eficiente, moderno, competitivo, con muchas escuelas, cuadernos, libros, educadores comprometidos con su responsabilidad; de viviendas dignas; de un mercado laboral justo, en el que sus padres y madres reciban una remuneración que sea la suficiente y necesaria para llevar a sus familias el sustento, para que no exista la excusa de la pobreza para que un niño, niña o adolescente deba cambiar sus libros por herramientas de trabajo. ¿Pero qué será lo que nos hace falta para lograr que en efecto los propósitos de la mayoría se impongan sobre los malos propósitos de una minoría que asesina niños (as) y adolescentes, los prostituye, los mete en las drogas, como traficantes y consumidores, en fin, les hace víctimas de la violencia en todas sus categorías? Y encima, la pobreza, que los hace víctimas fáciles. ¿No están los gobiernos, y las sociedades, lo suficientemente comprometidos con lograr una justa distribución de los recursos?, pues mientras en un país como Panamá se habla de un índice de crecimiento muy elevado, los sectores pobres del país no están recibiendo los efectos positivos de esa bonanza. Situación que no es exclusiva de Panamá ni de los países latinoamericanos, porque en todo el mundo hay pobres, los dejados atrás por el progreso. Según una nota del Fondo de Naciones Unidas para la Infancia (UNICEF), con motivo del aniversario de la Convención de los Derechos del Niño (20 de noviembre de 1989): “La Convención ... Establece las bases para una nueva vida para todos los niños y niñas, y es el acuerdo sobre derechos humanos que ha logrado el mayor nivel de ratificación en el mundo. Los derechos que describe incluyen el derecho a la supervivencia, el derecho a ser protegido de influencias lesivas, del abuso y de la explotación, y el derecho a participar plenamente en la vida familiar, cultural y social”. Además dice la nota que: “La Convención se ha convertido en una medida universalmente aceptada de responsabilidad mundial respecto a la infancia, y en un instrumento eficaz para promover condiciones y circunstancias favorables a la supervivencia y el desarrollo de niños y niñas”. No niego que estos postulados son considerados por los gobiernos de muchos países, los cuales en su afán por honrarlos tratan de propiciar las condiciones para cumplir con el documento que ratificaron, pero definitivamente falta, y mucho. Se debe hacer una evaluación en cada país de lo que no se ha hecho, pero una evaluación los más rápida posible, para poner manos a la obra, pues de nada nos sirve echarnos flores sobre los logros, cuando al remitirnos a los resultados, estos nos indican que lo hecho NO HA SIDO suficiente. Para finalizar, un poco sobre las estadísticas. Según la evaluación hecha por la UNICEF por los 18 años de la Convención, no refrendada por Estados Unidos y Somalia, pese a los “desarrollos positivos” logrados en este largo periodo “en la actualidad, cerca de 27,000 menores de 5 años mueren cada día, la mayoría por enfermedades que pueden prevenirse; cada 3.6 segundos una persona muere de malnutrición, en la mayoría de los casos un niño o niña menor de 5 años. Además, el paludismo mata a un niño o niña en alguna parte del mundo cada 30 segundos; más de 15 millones de niños y niñas han perdido a su madre o a ambos padres debido al SIDA, más de dos millones de niños y niñas vivían con VIH o SIDA en 2006, pero sólo un 15% de quienes necesitan tratamiento antirretroviral lo están recibiendo”.